06/11/2011

La condición humana

Ya hace un tiempo que prescindo de ver informativos en televisión al mediodía, para evitar que se me atragante el bocado o acabar de mala leche durante lo que me queda de día. No es que haya decidido mirar para otro lado, en absoluto, simplemente es que a la hora de mantenerme informado, o mejor dicho, disponer de una mínima base para luego intentar averiguar por mi cuenta qué está pasando, prefiero medios como la radio, en los que solo oigo una voz y así me evito ver las caras y actitudes de tanto "protagonista" de la historia reciente que ya me han colmado bastante de hastío e incluso desesperanza. Es como una manera de empezar a paliar las consecuencias de mi enfado (que ya no es solo indignación), con el fin de dedicar mi esfuerzo a intentar cambiar las cosas, aunque sea mi pequeña parcela del mundo, con aquello que mejor sé hacer: mi trabajo y mi creatividad, que a veces se ha visto eclipsada por este mal ambiente que lo impregna todo en estos tiempos grises que corren...


Durante ese intervalo de tiempo, que va desde las 14:00 horas, cuando paro para comer y descansar, hasta las 16:00 horas, en que me vuelvo a poner las pilas, suelo evadirme viendo Los Simpson (no me canso de ver capítulos repetidos) hasta que, allá a las 15:00 horas, aprovecho para dar una breve cabezadita en el sofá (uno de mis pequeños placeres cotidianos). Pero durante esta última semana me he quedado totalmente enganchado a unos documentales sobre astronomía que han echado a esas horas en La 2, en especial un par dedicados al telescopio espacial Hubble y a las impactantes imágenes captadas desde que se puso en órbita el 24 de abril de 1990.


No es la primera vez que veo las fotografías del Hubble. Hace unos años puede disfrutarlas proyectadas en la bóveda de l'Hemisfèric de Valencia en una conferencia sobre astronomía a la que asistí y de la que guardo muy buen recuerdo. No obstante, cualquiera con un poco de curiosidad puede encontrarlas fácilmente en Internet y a alta resolución, que es la mejor manera para no perder detalle de lo maravilloso, caótico y estremecedor que es ese universo del que nosotros formamos parte como una insignificante mota de polvo.


Todas la imágenes son impactantes y en algunos casos terroríficamente hermosas, pero de todas las vistas me quedo con una serie que aunque no sean, posiblemente, las más espectaculares en cuanto a impacto visual, si que lo son en cuanto a la representación más clara y abrumadora de esa inmensidad (la palabra se me queda más que corta) que nos envuelve más allá de esos puntitos de luz que vemos en el firmamento cada noche. Me refiero a las pertenecientes a lo que técnicamente se llama el Campo Ultra Profundo del Hubble (Hubble Ultra Deep Field o HUDF), captadas entre el 3 de septiembre de 2003 y el 16 de enero de 2004, mientras el Hubble centraba su atención en una pequeñísima región del espacio. Dichas fotografía se capturaron con luz visible, o sea, dentro del campo electromagnético que nuestra visión puede captar y por tanto lo que veríamos si tuviéramos la capacidad óptica de ver tan lejos como el telescopio espacial.


Si ampliáis las 2 imágenes que hay a continuación, entenderéis en seguida a qué me refiero cuando hablo de "inmensidad". Lo que veis son un montón de galaxias descubiertas en lo que se considera la parte más profunda del universo captada por el Hubble hasta ahora. Galaxias como la nuestra, la Vía Lactea, a la que pertenece el minúsculo mundo en el que vivimos, esa mota de polvo que viendo esto alcanza un significado imposible de describir con cualquier calificativo de menudez.





Para que os hagáis una idea de la magnitud de lo que representan estas imágenes. Si veis el siguiente mapa de la Vía Láctea, y localizáis nuestro sistema solar (dónde pone "Sol") veréis que formamos parte tan solo de un inmenso brazo de la estructura giratoria en espiral de la galaxia. Una estructura que tan solo se puede medir en distancias calculadas a partir de los años luz necesarios para viajar de un punto a otro de la misma. Vamos, que para poder llegar al extremo más lejano nos harían falta 80.000 años viajando a una velocidad de 300.000 kilómetros por segundo, que se dice pronto.


Pues bien, si volvemos a mirar las fotos anteriores, y nos fijamos detenidamente, podemos ver claramente que lo que fotografió el Hubble en esa zona profunda del universo son, ni más ni menos, que un montón de galaxias que giran en espiral, tal cuál la galaxia en la que habitamos nosotros. Si a esto le añadimos que según algunos estudios científicos tan sólo hemos descubierto un 5% del conjunto del universo y que los cálculos llevan a pensar que el número de galaxias existentes es mucho mayor que la suma de todos los granos de arena de todas las playas del mundo, esas fotografías se convierten, sin duda, en uno de los más sobrecogedores descubrimientos de la historia de la Humanidad. Ese infinito Todo del que formamos parte, mostrado en toda su inmensidad y complejidad.


Pero todavía hay mucho más que entender de esas imágenes. No solo son la prueba irrefutable de que nunca fuimos el centro del universo. Nuestra Tierra no es más que una partícula, un átomo, seguramente mucho menos si pudiéramos sacar la proporción con respecto a ese 95% de universo por descubrir, formando parte de una explosión caótica que dura ya 13.700 millones de años y que no solo continúa, sino que, según los últimos descubrimientos, todavía se acelera más. El gran interrogante sigue siendo el mismo, qué había antes y qué produjo esa gran explosión en la viajamos.


Y lo más asombroso de todo es que gracias al Hubble estamos averiguando, no solo lo que existe en los confines del universo, sino que además estamos viendo el pasado y descubriendo como se formó todo desde ese punto iniciático de hace 13.700 millones de años.


La estrella más cercana a nuestro sistema solar es Proxima Centauri. Se calcula que está a unos 4,4 años luz, o sea, que para llegar hasta ella necesitaríamos 4,4 años viajando a la velocidad de la luz. Este dato nos lleva a una conclusión evidente, y es que la luz que vemos de ella en el firmamento no es la luz actual, sino la que la estrella produjo hace 4,4 años. Si nos fijamos de nuevo en el mapa galáctico de la Vía Lactea, podemos comprobar que la luz de la estrella situada en el punto más lejano de la galaxia se produjo hace 80.000 años. Puede ser que hasta esa supuesta estrella lejana hoy en día ni exista, pero nosotros, sin darnos cuenta, estamos viajando al pasado de la misma, viendo la luz que emitía hace 80.000 años. Pues bien, se calcula que la luz proyectada por esas galaxias fotografiadas por el Hubble, tuvo lugar hace unos 13.000 millones de años, con lo cuál estamos viendo como eran esas galaxias con solo 700 millones de años desde el Big Bang. Estamos viendo el pasado más lejano posible del origen de todo lo que conocemos y sin duda de TODO lo que no conocemos.


Quizá a algunos de los que seguís este blog os pueda dar la sensación de que este post queda un tanto fuera de contexto con relación a los contenidos que normalmente suelo exponer. Pero nada más lejos de la realidad. Al fin y al cabo la fotografía vuelve a ser el hilo conductor. Los aspectos técnicos son los mismos, sean aplicados a una cámara fotográfica, como a un telescopio espacial dotado de un mecanismo óptico mucho mas potente: cazar la luz. Pero además, en mi caso, cabe añadir a las cuestiones técnicas las sensaciones que directamente van ligadas al misterio que para mi comporta el acto fotográfico. Y digo misterio porque siempre he tenido esa estimulante utopía de querer llegar más allá de lo que el ojo humano puede ver. Capturar lo invisible.


Pongo un ejemplo. En mi etapa fotográfica inicial (la que engloba el trabajo Hábitat), una de mis obsesiones era fotografiar de noche en condiciones de luz muy bajas. Tan solo con la escena bañada por la luz de la luna. Para poder captar esa débil luz debía realizar exposiciones muy largas, en algunos casos de hasta 10, 15, o 20 minutos en posición B. Daba igual que la luna iluminara un exterior, o que entrara por la ventana en un espacio interior en penumbra. El resultado final era una imagen perfectamente iluminada, en la que cada detalle, cada objeto, cada silueta que mi ojo no había podido percibir a simple vista era delatado y mostrado con toda claridad. Era como vivir un momento y descubrir los vivido mucho tiempo después. Había apuntado mi cámara a una zona prácticamente oscura e imperceptible a mi vista, en la que aparentemente no había nada, para posteriormente descubrir, gracias a la captura de la luz, que esa nada contenía un paisaje más allá de lo perceptible a simple vista. Un paisaje en los confines de ese momento vivido.


Pero como buen hiperactivo mental que soy, la fascinación todavía iba más allá. No era suficiente con vencer la invisibilidad de las cosas. Era consciente de que también había vencido el tiempo. Porque la fotografía que finalmente tenía entre mis manos no solo había convertido la oscuridad en luz sino que también lo había cazado todo en el intervalo de tiempo que había durado la exposición. Porque si hubiera tenido el poder de atravesar el plano de esa imagen fotográfica y de viajar a través de ella hubiera descubierto que detrás de cada puerta, de cada ventana, de cada rincón, tras las rayas luminosas de los faros de un coche, más allá de las montañas, más allá del cielo estrellado, más allá de la luna que  bañaba con su luz toda la escena, había todo un universo congelado en un mismo instante.


Hay una colección fotográfica de uno de los fotógrafos que marcaron mi aprendizaje en esa primera etapa creativa. Se trata de la obra La condición humana del gran Duane Michals en la que vemos un instante capturado en una escena de lo más cotidiana: un hombre mira a cámara en el andén de una estación de metro cualquiera. Ese único instante, totalmente terrenal y mundano se va fundiendo poco a poco hasta convertirse en una galaxia. Creo que no he visto nunca en mi vida una obra que, con tal sencillez, represente con tanta precisión, precisamente, eso: la condición humana. Somos algo minúsculo, aparentemente insignificante, pero que a pesar de ello es parte inequívoca de la grandiosidad de ese universo que poco a poco vamos descubriendo más allá de la oscuridad y que sin duda alberga tantos mundos posibles como nuestra imaginación sea capaz de descubrir si empezamos a mirar más allá de lo supuestamente invisible...